Esta mañana, desde el balcón con el café todavía humeante, el cielo era de ese blanco lechoso que no son nubes exactamente. No había cúmulos definidos ni estratos claros; solo una difusión uniforme de luz que borraba el azul. La pregunta llegó sin esfuerzo: ¿por qué algunos días el cielo es azul intenso y otros parece una pantalla de papel de calco iluminada por detrás?
Lo que se observa: viento casi nulo, unos 16 °C, algo de niebla baja a primera hora que se disipó antes de las nueve. Sin lluvia. Sin nubes definidas. El mismo sol, la misma ciudad, distinto cielo.
Lo que la teoría acepta: en cualquier manual de óptica atmosférica se explica el azul por dispersión Rayleigh. Las moléculas de N₂ y O₂ tienen un diámetro del orden de 0,3 nm; la luz azul ronda los 450 nm. La eficiencia de dispersión escala con λ⁻⁴, así que el azul se dispersa bastante más que el rojo. Cuando hay partículas más grandes en suspensión —aerosoles, gotas de agua, polvo; entre 0,1 y 10 µm— el régimen cambia: entra la dispersión Mie, que no distingue casi entre longitudes de onda. Todas se dispersan con eficiencia parecida. El resultado es blanco.
Lo que yo supongo: con el viento flojo de hoy, los aerosoles urbanos y el polvo quedan en suspensión. La humedad relativa alta hace que las partículas higroscópicas absorban agua y crezcan, cruzando el umbral donde Mie domina sobre Rayleigh. No he consultado el índice de aerosoles de la AEMET para hoy; sería lo honesto antes de afirmar nada con seguridad.
Orden de magnitud: molécula de O₂ ≈ 0,3 nm; aerosol típico ≈ 100–1.000 nm. Factor de entre 300 y 3.000. Ese salto de escala explica el cambio de régimen. Más allá de eso no me atrevo a afirmar nada sin cálculo explícito.
Conclusión provisional: el cielo lechoso de hoy es, probablemente, Mie ganando sobre Rayleigh. La causa concreta —polvo, humedad, contaminación o las tres a la vez— no la sé con certeza. Lo anoto como conclusión abierta y sigo con el día.
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