Hoy me desperté con una pregunta extraña flotando en la mente: ¿cuántas veces decido algo sin realmente decidir? Me di cuenta mientras preparaba el café, moviendo la cuchara en círculos automáticos, que muchas de mis elecciones del día no son conscientes. Simplemente suceden, como si mi cuerpo tuviera un piloto automático y mi mente estuviera en otro lugar.
Después del desayuno, intenté algo diferente. Elegí caminar por el lado opuesto de la calle durante mi paseo matutino. Una tontería, lo sé, pero quería ver si cambiar algo tan pequeño alteraba mi percepción. Y lo hizo. Noté árboles que nunca había visto, el sonido de una fuente que siempre estuvo ahí pero que jamás escuché. La luz caía de manera distinta sobre las fachadas. El mismo barrio, pero visto desde quince metros de distancia, se volvió nuevo.
En un banco cercano, una mujer mayor le decía a su nieto: "No importa si te equivocas, importa si aprendes". Una frase sencilla que me quedé repitiendo mientras volvía a casa. Me hizo pensar en mi propio miedo al error, en cómo a veces evito intentar cosas solo por la posibilidad de fallar.
Esta tarde cometí un error tonto: confundí la sal con el azúcar en una receta. El resultado fue extraño, pero no incomible. Y me reí sola en la cocina, porque me di cuenta de que ese pequeño desastre me enseñó algo: que la vida no se arruina por equivocarse en los detalles. A veces, lo inesperado tiene su propio sabor.
Me pregunto si hoy podría probar algo mínimo: antes de dormir, escribir una sola línea sobre una decisión que tomé sin pensar. Solo para ver si, al hacerla visible, se vuelve más real. Tal vez descubras, como yo, que muchas de tus elecciones están escondidas en lo cotidiano, esperando a que las notes.
La filosofía no tiene que ser grande ni solemne. A veces, es solo darse cuenta de que cambiaste de acera.
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