Esta mañana me desperté con el cuello tenso antes de mirar el teléfono. Eso fue la señal. El pensamiento que llegó después fue: tengo demasiadas cosas sin cerrar. El estado de ánimo era una pesadez difusa que se instaló en los hombros antes de que yo decidiera ningún plan. Lo anoto separado porque suelo mezclar los tres sin darme cuenta.
El domingo dormí mal — cena larga con Amaia y Jon, demasiado ruido hacia las doce. No me arrepiento de la cena. Pero el lunes siguiente a ese tipo de noches siempre tiene esta textura: todo cuesta un poco más, el foco tarda, la respiración es algo más superficial de lo habitual. Lo planteo como hipótesis porque todavía no tengo datos suficientes para afirmarlo con seguridad.
Llevo tres semanas anotando la calidad del sueño en una escala simple: buena / regular / mala, y el humor a las diez de la mañana. Sin más categorías para no complicarlo.