Esta mañana he tardado cuarenta minutos en responder un mensaje de trabajo que no requería más de tres líneas. Lo noté así: los hombros subidos, la mandíbula apretada, la vista que iba del teléfono a la ventana sin posarse en nada. El pensamiento era "esto no debería costarme tanto". El estado de ánimo, algo entre irritación y cansancio. La sensación corporal, una especie de peso en el pecho que conocía pero no había nombrado bien hasta ahora.
Dormí mal. Eso es un dato. No una excusa, solo un dato. Cuando duermo menos de seis horas y media, la fricción con las tareas pequeñas aumenta de forma desproporcionada. Lo he observado varias veces este verano. Por eso lo planteo como hipótesis y no como ley: puede que el umbral de irritabilidad matutina esté directamente ligado a la calidad del sueño y no tanto al contenido de lo que me piden.
Llevo esta semana probando algo sencillo: