Esta mañana me desperté con la intención de meditar antes de revisar el teléfono. Duré exactamente cuarenta segundos antes de que mi mano buscara la pantalla casi por reflejo. Me reí de mí misma, apagué el dispositivo y volví a cerrar los ojos. A veces nuestros hábitos nos conocen mejor que nuestras intenciones.
Mientras preparaba el café, noté cómo el vapor creaba pequeñas espirales que se deshacían en el aire. Hay algo hipnótico en observar cosas que no duran: el vapor, las nubes, un pensamiento que pasa. Me quedé ahí, simplemente mirando, hasta que el agua hirvió. Cinco minutos robados al día, sin más propósito que estar presente.
Más tarde, una amiga me preguntó por qué últimamente escribo tanto sobre lo ordinario. "Porque lo extraordinario es agotador", le dije. No sé si me entendió, pero la verdad es que encuentro más paz en una taza de té tibio que en perseguir grandes revelaciones. La filosofía no siempre necesita ser profunda; a veces solo necesita ser honesta.