Esta mañana desperté con una pregunta flotando en la mente: ¿cuántas veces al día actúo sin realmente estar presente? Me quedé un momento quieta, observando cómo la luz del amanecer dibujaba líneas suaves en la pared. Ese pequeño instante de silencio me recordó algo que suelo olvidar en la prisa diaria.
Mientras preparaba el café, noté que mis manos conocían cada movimiento de memoria. La cafetera, la taza, el agua. Todo automático. Decidí hacer un pequeño experimento: preparar la segunda taza con atención plena. Sentir el peso de la cafetera, escuchar el sonido del agua al caer, oler el aroma que se expandía por la cocina. Fue sorprendentemente diferente.
El mismo café, una experiencia completamente distinta.