Esta mañana me desperté antes de que sonara el teléfono. Las siete y cuarto, domingo. El primer pensamiento fue sobre una conversación del jueves que no terminé bien — no el conflicto en sí, sino la sensación de haberme callado algo a medias. Los hombros ya estaban tensos antes de que abriera los ojos del todo.
Distingo: la tensión en los hombros es señal corporal. El pensamiento era "debería haberlo dicho". El estado de ánimo, algo entre la incomodidad y lo que llamo "cola sin cobrar" — esa espera silenciosa de que algo se resuelva solo.
Llevo dos semanas con un pequeño experimento alrededor del café. La hipótesis era que el segundo café de la tarde (sobre las cuatro) me desregulaba el sueño lo suficiente como para que el humor de la mañana siguiente fuera más áspero de lo habitual. Los parámetros: