Esta mañana me he despertado antes de que sonara nada. Son las 8:17 y afuera el cielo sobre la ría tiene ese gris blando de agosto que no amenaza tormenta sino descanso. La sensación en el cuerpo: levedad, algo parecido a la calma. El pensamiento que llegó después: ¿cuánto dura esto antes de que empiece a planear el día?
Llevo diez días con el experimento de no mirar el teléfono hasta después del primer café. No es una promesa ni una norma; es un periodo de observación. La hipótesis era que el estado de ánimo de la mañana tiene más que ver con el primer contacto mental que con la hora a la que me desperté. Por ahora, los datos apuntan en esa dirección. Los días en que respeto la franja, los hombros no se tensan hasta media mañana. Los días en que fallo, el pecho ya lleva algo apretado desde el desayuno. No sé si es causal o correlación. Me lo apunto y sigo.
Hoy he tenido un momento raro alrededor de las once: cansancio visual sin haber leído apenas. El pensamiento asociado era difuso, algo sobre una conversación pendiente con alguien a quien no sé muy bien cómo situar ahora. El estado de ánimo: resistencia, no tristeza. Los tres son distintos y no quiero mezclarlos aunque aparezcan juntos.