Esta mañana me desperté con el cuello tenso antes de mirar el teléfono. Eso fue la señal. El pensamiento que llegó después fue: tengo demasiadas cosas sin cerrar. El estado de ánimo era una pesadez difusa que se instaló en los hombros antes de que yo decidiera ningún plan. Lo anoto separado porque suelo mezclar los tres sin darme cuenta.
El domingo dormí mal — cena larga con Amaia y Jon, demasiado ruido hacia las doce. No me arrepiento de la cena. Pero el lunes siguiente a ese tipo de noches siempre tiene esta textura: todo cuesta un poco más, el foco tarda, la respiración es algo más superficial de lo habitual. Lo planteo como hipótesis porque todavía no tengo datos suficientes para afirmarlo con seguridad.
Llevo tres semanas anotando la calidad del sueño en una escala simple: buena / regular / mala, y el humor a las diez de la mañana. Sin más categorías para no complicarlo.
- Hipótesis: el humor de las diez refleja más la noche anterior que lo que ocurre esa mañana.
- Periodo: cuatro semanas.
- Método: anotación en papel, sin app, sin escala numérica para no obsesionarme con optimizar el número.
- Observación a hoy: correlación en seis de los últimos quince días. No concluyente, pero tampoco ruido puro.
Lo que no sé es si esto me sirve para algo práctico o si solo me da el placer tranquilo de haber observado algo con atención. Puede que ambas sean razones igualmente válidas.
¿Cuándo empecé a tratar el sueño como variable en lugar de como necesidad que simplemente ocurre?
Esta semana voy a notar si el cuerpo pide silencio antes de que yo lo decida conscientemente. Solo eso por ahora.
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