Esta mañana he tardado veinte minutos en levantarme de la silla después de la primera reunión. No porque tuviera sueño — dormí bien, siete horas, sin interrupciones. Era otra cosa: los hombros caídos hacia adelante, una lentitud en los párpados que no es cansancio sino algo más parecido al desinterés. Lo he anotado sin interpretarlo todavía.
El pensamiento que vino después fue: esta semana he cedido demasiado en conversaciones que no me importaban. No lo digo como queja; lo registro como dato. La sensación en el cuerpo era distinta: una especie de vaciamiento en el pecho, no dolor, más bien ausencia. Tres cosas separadas: el cuerpo aplastado, el pensamiento sobre los límites, y debajo de todo un humor gris que lleva aquí desde el martes.
Llevo diez días con un experimento pequeño: no revisar el correo antes de las diez de la mañana. Hipótesis: que la calidad de mi atención en la primera hora mejora si no arranco el día reaccionando. Periodo: dos semanas. Método: anoto en papel, antes de abrir nada, una frase sobre cómo está el cuerpo y una frase sobre lo que quiero hacer. Observación a hoy: los primeros días me generaba una ansiedad difusa, un picor en los dedos. Esta semana eso ha disminuido. No sé si es adaptación o si he encontrado algo real.
Lo que no tengo claro es si la lentitud de esta mañana tiene que ver con el experimento o con otra cosa. ¿Está el cuerpo respondiendo a algo que aún no he nombrado?
Por ahora no decido nada. Seguiré mirando los hombros a primera hora.
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