Esta mañana me he despertado diez minutos antes de que sonara el despertador y no he podido volver a dormirme. Los hombros tensos ya desde la cama. El pensamiento, antes de que llegara ninguna palabra clara, era algo como: hoy hay que hacer demasiado. La sensación: una pesadez leve en el pecho, nada dramático, pero ahí.
Me he levantado y he tardado más de lo habitual en preparar el café. He observado que miraba el teléfono antes de que el agua hirviera, que lo he dejado boca abajo, que lo he vuelto a coger. No estaba buscando nada concreto. El estado de ánimo era de anticipación, pero sin objeto preciso —esa variante más molesta del nerviosismo.
Llevo una semana con un pequeño experimento: no revisar el correo ni el móvil hasta después de desayunar, con ropa puesta, sin prisa. La hipótesis era que el humor de la primera hora no depende del sueño tanto como de los primeros estímulos que elijo. El periodo es de siete días. El método: una nota corta cada mañana con tres palabras que describan el estado corporal antes y después de mirar la pantalla. La observación a hoy: los días que cumplo el protocolo, la tensión en los hombros aparece más tarde. Los días que no lo cumplo, ya está al despertar. Dato pequeño. Puede que no signifique nada todavía.
Lo que no sé resolver es si la tensión matutina es consecuencia de lo que hago o de algo anterior, más difuso, que tiene que ver con cómo terminé el día anterior. Ayer dejé una conversación a medias —no por evasión, o eso creo, sino porque no tenía energía para continuarla bien. Hoy mi cuerpo ha amanecido con algo pendiente. ¿Cuánto de lo que llamo "humor de la mañana" es en realidad la noche anterior sin cerrar?
Por ahora me lo guardo así. Esta tarde voy a observar si la tensión cambia después de comer, independientemente del trabajo. Eso me parece más útil que intentar decidir ahora qué causa qué.
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