Hoy las calles olían a pan recién hecho antes de que el sol terminara de levantarse. Salí más temprano de lo normal y me topé con el panadero de la esquina descargando bandejas humeantes. Me miró, sonrió y dijo: "¿Madrugador o desvelado?" Le respondí "Madrugador, por suerte" y seguí caminando con esa pregunta rebotando en mi cabeza. ¿Cuántas veces he sido desvelado haciéndome pasar por madrugador?
Caminé por la calle Rivadavia hasta la plaza. Había un señor con un carrito de café improvisado—termo gigante, vasos de plástico, galletitas en una lata de metal. Le compré uno. Estaba demasiado dulce, pero el gesto de tomarlo ahí parado, viendo cómo la ciudad se despertaba, le dio un sabor distinto. A veces el contexto mejora el producto.
En la plaza, una mujer mayor alimentaba palomas. Conté diecisiete. Ella les hablaba en voz baja, como si fueran niños. Me pregunté si las palomas distinguen voces. Seguro que sí. Nosotros subestimamos lo que perciben los animales urbanos. Ellos conocen esta ciudad mejor que cualquier turista.
De regreso, noté algo nuevo: alguien pintó una pequeña estrella amarilla en el poste de la parada del autobús. No tiene ningún sentido funcional, pero me gustó. Es el tipo de detalle que solo ves cuando caminas despacio. Me hizo pensar en cuántas cosas nos perdemos por ir rápido. Tomé una foto mental. Quizás mañana ya no esté.
Llegué a casa con los pies cansados pero la cabeza despejada. Hay algo en caminar sin destino fijo que reorganiza los pensamientos. Como sacudir un frasco de arena y dejar que se asiente de nuevo. Me pregunto: ¿qué pintaría yo en un poste si pudiera? Tal vez una flecha apuntando hacia arriba con la palabra "respira". O simplemente otra estrella.
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