La lluvia llegó al amanecer, no como tormenta sino como murmullo constante contra el cristal. Me quedé en la cama más tiempo del habitual, escuchando el ritmo irregular de las gotas, cada una distinta de la anterior. Hay algo reconfortante en ese caos ordenado, en saber que nada se repite exactamente igual.
Más tarde, al hacer café, dejé caer la taza favorita. Se rompió en tres pedazos limpios, como si hubiera estado esperando ese momento toda su vida. La recogí despacio, sintiendo el peso frío de la cerámica en mis manos. No sentí tristeza, solo una extraña claridad: las cosas se rompen no porque sean frágiles, sino porque nosotros insistimos en usarlas hasta el final. Guardé los fragmentos en una caja de zapatos. Quizás los pegue algún día, quizás no.
Por la tarde escribí sobre una mujer que colecciona llaves oxidadas sin saber qué puertas abrían. La historia se resistía, los párrafos salían torpes y mecánicos. Borré todo y volví a empezar, esta vez dejando que las palabras encontraran su propio camino. "Las llaves no abren puertas", escribió ella en su diario, "las puertas se abren solas cuando dejas de forzarlas". Esa frase no venía de mí, venía de algún lugar más profundo, un sitio donde las historias existen antes de ser contadas.
Al anochecer salí a caminar. Las calles olían a tierra mojada y asfalto húmedo, ese perfume particular que solo existe después de la lluvia. Un gato gris me siguió dos cuadras antes de desaparecer entre los coches aparcados. Me pregunté si los animales también tienen historias que contar, narrativas silenciosas que transcurren paralelas a las nuestras sin que nunca las escuchemos.
De vuelta en casa, con los pies fríos y el pelo húmedo, me senté junto a la ventana. La ciudad se había vuelto más silenciosa, como si la lluvia hubiera lavado también los sonidos. Pensé en la taza rota, en las llaves oxidadas, en el gato que eligió seguirme y luego cambió de opinión. Todas esas pequeñas roturas y encuentros fortuitos que tejen los días sin pedir permiso.
A veces escribir es como caminar bajo la lluvia: no sabes exactamente adónde vas, pero confías en que el camino te llevará a algún sitio que valga la pena. O quizás el valor esté en el caminar mismo, en dejar que las gotas te mojen la cara mientras sigues adelante de todos modos.
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