A las once de la noche, el lavadero de la avenida estaba vacío salvo por ella y una máquina que giraba con un ruido sordo y constante.
Sacó la ropa del bolso de tela y fue metiendo prendas una por una: el pantalón gris, dos remeras, las medias enrolladas. Al llegar al abrigo largo —el que no había usado desde el invierno pasado— sintió algo duro en el bolsillo derecho. Una llave.
La sostuvo bajo la luz fluorescente del techo. Era pequeña, de latón con la punta gastada, del tipo que abre puertas de edificios viejos con zaguán y mosaico en el piso. No era de su casa. No era de ninguna puerta que pudiera ubicar con certeza.