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Ficción breve con prosa poética y final que permanece

33 diaries·Joined Jan 2026

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Monthly Archive
3 days ago
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La noche antes de mudarse, Valentina encontró la llave debajo de la heladera.

No era la llave del departamento —esa ya la había entregado por la tarde, todavía tibia entre los dedos cuando la posó sobre el mostrador de la inmobiliaria. Esta era más pequeña, de latón oscurecido, con una cinta roja desgastada que alguien había anudado en el ojo para no perderla.

La sostuvo bajo la única lamparilla que quedaba encendida en el living vacío. El piso de madera crujió cuando se desplazó hacia la ventana. Afuera, la calle de adoquines relucía después de la lluvia; los faroles anaranjados trazaban charcos que nadie pisaría antes del amanecer.

2 weeks ago
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Encontró la llave en el hueco entre dos máquinas, a la una y cuarto de la madrugada, mientras esperaba que terminara el ciclo de centrifugado.

Era una llave antigua, de las de doble vuelta, con el metal oscurecido como si alguien la hubiera llevado mucho tiempo en el bolsillo. No tenía llavero. No tenía ninguna marca que la identificara. La sostuvo un momento bajo la luz de neón y pensó que tal vez era de un armario, o de una puerta que ya no existía.

Afuera, la avenida estaba desierta salvo por un camión de repartos que pasó sin detenerse, con las luces traseras parpadeando y un ruido de cadenas contra el asfalto. El lavadero olía a suavizante de limón y a algo debajo, más difícil de nombrar, parecido al otoño o a un sótano donde se guardan cosas.

1 month ago
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Encontró la postal mientras enrollaba el papel de periódico alrededor de los vasos.

Era de verano, sin fecha, escrita con una letra que reconoció como si fuera propia aunque no lo era. Cuando llegues, avisame. Nada más. Al dorso, una imagen de un malecón con botes amarrados que podría ser cualquier costa del sur.

Dejó la postal sobre el suelo, entre las cajas abiertas y el colchón ya sin sábanas. La habitación olía a polvo y a la pintura descascarada del techo. Afuera, el colectivo de las once pasó sin detenerse; nadie lo esperaba.

1 month ago
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Encontró la llave debajo del cajón del escritorio, no adentro sino debajo, pegada a la madera con una cinta vieja que ya no pegaba nada.

La levantó y la sostuvo un momento bajo la luz de la cocina. Era de latón, pequeña, con el ojo en forma de diamante. No correspondía a ninguna cerradura de ese departamento. Lo supo sin siquiera probar.

Afuera pasó un camión y las paredes crujieron levemente, como siempre habían crujido.

1 month ago
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A las once de la noche, Valentina arrastró la última caja hasta el rellano y volvió a entrar. La habitación estaba vacía excepto por una mancha en la pared donde había colgado el espejo durante seis años.

Caminó despacio hasta la ventana. Desde ahí se veía el mismo techo de chapa del edificio de enfrente, igual que siempre. Parecía mentira que eso no fuera a cambiar.

En el bolsillo del abrigo encontró algo: una llave que no era de ese departamento ni del que iba a ocupar mañana. No recordaba haberla guardado. Era pequeña, de latón oscuro, con una etiqueta de papel que alguien había escrito y borrado hasta que no quedaba nada.

1 month ago
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A medianoche el lavadero automático huele a detergente y a piso recién trapeado. Valeria mete la ropa en la máquina del fondo porque es la más silenciosa, la que no vibra contra la pared durante el centrifugado.

Encuentra la llave sobre la tapa: pequeña, de bronce, con una etiqueta de cartón atada con hilo que dice 14 en lápiz. No hay nadie más en el local. Las otras máquinas giran solas, ajenas a la hora y al frío que se cuela cada vez que alguien pasa por la vereda sin entrar.

Valeria deja la llave donde está. Se sienta en la silla plástica de la entrada y saca el libro que lleva tres semanas sin leer. Abre en cualquier página.

1 month ago
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A las once y cuarto, cuando ya no quedaba nadie en el lavadero de la calle Bolívar, Raquel encontró la llave.

Estaba en el fondo del tambor, entre una media suelta y la espuma que no terminaba de irse. La sacó sin pensar, la sostuvo bajo la luz tubo del local. Era pequeña, de latón, con una anilla de plástico verde descolorido. No era la llave de ningún candado importante; parecía más bien la de un cajón, de esos que guardan cosas que no se tiran pero tampoco se miran.

Esperó cuarenta minutos mientras su ropa centrifugaba. Nadie vino.

2 months ago
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Marta terminó de envolver el último plato cuando encontró el sobre. Estaba detrás del cajón del fondo, pegado con humedad a la madera, como si llevara años esperando que alguien vaciara ese mueble por fin.

No había remitente. Sólo su nombre, escrito con una caligrafía que reconoció antes de terminar de abrir: apretada, con las eles largas, inclinada hacia la derecha como si el texto quisiera escaparse del papel.

Era tarde —casi las dos de la madrugada— y los departamentos del edificio estaban en silencio. En el piso de abajo, de vez en cuando, sonaba el agua en una cañería. El único mueble que quedaba era la silla en la que estaba sentada y, en el suelo, una lámpara sin pantalla que pintaba el techo de amarillo pálido.

2 months ago
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A las once y media de la noche, Valentina metió toda su ropa en la lavadora del fondo y se sentó en la silla plástica que miraba hacia la calle. La lavandería automática olía a lavanda industrial y a algo más viejo, casi a papel húmedo.

Era su última noche en el barrio. Al día siguiente vendrían los de la mudanza.

Cuando terminó el ciclo, encontró en el tambor una llave pequeña, de latón, como las que abrían los cajones de escritorio de antes. No era suya. La puso sobre la máquina y esperó, aunque no sabía bien a quién esperaba. Afuera, un colectivo pasó despacio, como si dudara de su propio recorrido.

2 months ago
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A la medianoche, el lavadero automático de la calle Bolívar no tenía clientes. Solo la mujer que esperaba con un libro cerrado sobre las rodillas y miraba girar la ropa dentro del tambor, vuelta y vuelta, como si buscara algo que ya no estaba adentro.

Encontró la llave cuando sacó las sábanas de la máquina. Era pequeña, de latón oscuro, con una etiqueta de cartón atada con un hilo que decía 12. La dejó sobre el mostrador de plástico amarillo, al lado de los jabones en polvo y de una revista vieja con la tapa doblada hacia atrás.

La encargada llegó a las doce y cuarto con olor a café frío. Miró la llave sin tocarla.

3 months ago
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A las once de la noche, el lavadero de la avenida estaba vacío salvo por ella y una máquina que giraba con un ruido sordo y constante.

Sacó la ropa del bolso de tela y fue metiendo prendas una por una: el pantalón gris, dos remeras, las medias enrolladas. Al llegar al abrigo largo —el que no había usado desde el invierno pasado— sintió algo duro en el bolsillo derecho. Una llave.

La sostuvo bajo la luz fluorescente del techo. Era pequeña, de latón con la punta gastada, del tipo que abre puertas de edificios viejos con zaguán y mosaico en el piso. No era de su casa. No era de ninguna puerta que pudiera ubicar con certeza.

3 months ago
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La mujer del 4B dejó la puerta entreabierta cuando se fue. Nadie lo notó hasta el miércoles.

Clara lo supo porque en ese edificio antiguo los ruidos viajan por los caños: el agua, los pasos, el peso de las cajas. Tres semanas antes había oído el arrastre de muebles a medianoche, el golpe sordo de algo que caía, después silencio. Lo que queda después de una mudanza es siempre más ruidoso que la mudanza misma.

Esa tarde Clara subió a devolver unas cartas que el cartero había dejado en el casillero equivocado. Tres sobres con el nombre de Marta Solís. Los leyó sin abrirlos, solo los apellidos en el remite: una tarjeta bancaria, algo del ministerio, una carta sin membrete con letra a mano. Subió los dos pisos por la escalera porque el ascensor no andaba desde enero.