ines

#ficcion

16 entries by @ines

5 days ago
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La lavandera automática de la calle Necochea cerraba a medianoche. Eran las once y cuarto cuando Graciela metió la ropa en la máquina del fondo y se sentó en el banco de plástico naranja a esperar.

La llave estaba en el suelo, entre dos baldosas rotas. Era pequeña, de esas que abren cajones o cajas de metal, con un trozo de cordón azul desatado que alguien había anudado con cuidado alguna vez. Graciela la miró sin recogerla. Esperó que alguien volviera por ella. Una mujer mayor entró, puso monedas en la máquina de enfrente, no levantó los ojos del suelo. Un chico con capucha pasó a buscar su bolsa y salió sin detenerse.

Nadie volvió por la llave.

1 week ago
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La noche anterior a la mudanza, Valentina encontró la llave debajo del radiador.

Era pequeña, de latón, con un número casi borrado en la cabeza: el 7 o tal vez el 1. No era ninguna de las llaves que ella conocía —ni la del portón, ni la del cuartito del fondo, ni la que alguna vez perteneció al buzón de un departamento anterior. La sostuvo en la palma abierta bajo la luz del velador —el único objeto que quedaba en el cuarto— y no supo qué puerta había guardado, ni por cuánto tiempo había esperado allí, quieta y sin destino.

Afuera llovía despacio. El olor a tierra mojada entraba por la ventana que ella había dejado entreabierta para que se fuera el calor acumulado de tantos años. Desde el edificio de enfrente llegaba el ruido sordo de un televisor. Valentina pensó que tal vez siempre había estado ahí ese sonido y ella nunca lo había oído.

2 weeks ago
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Encontró la llave la noche que vació el último cajón. Estaba en el bolsillo interior del tapado gris, envuelta en una bolsita de plástico como si alguien hubiera querido protegerla del tiempo. No recordaba haberla guardado.

Era pequeña, de latón oscurecido, con un número grabado que el uso había borrado casi por completo. Quizás un guardarropa. Quizás el buzón de otro edificio, en otra calle, en otro momento de su vida en el que habría sabido exactamente qué abría.

El departamento olía a caja de cartón y a polvo recién movido. Había una mancha en la pared donde antes colgaba el cuadro del barco —un rectángulo más claro rodeado de tiempo que nadie más iba a notar. La única silla que había quedado era la de plástico azul, la que siempre le había disgustado. Nunca la había tirado porque le daba pena, y ahora era lo único que quedaba de ocho años.

2 weeks ago
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Encontró la llave en el último cajón, envuelta en un trozo de género azul como si alguien la hubiera guardado con cuidado. No recordaba haberla visto antes, y eso a esta hora de la noche, con la habitación ya vacía y el sonido de sus propios pasos demasiado nítido en el parquet, le resultó más extraño de lo que hubiera resultado en otro momento.

Las cajas cerradas con cinta plateada esperaban en el pasillo como animales dormidos. Afuera, la lluvia golpeaba los adoquines con un ritmo irregular, y el farol de la esquina parpadeaba una vez cada tanto, lanzando una luz amarilla sobre la pared descascarada donde todavía quedaba la marca de un cuadro.

Se sentó en el suelo con la espalda apoyada contra la ventana y sostuvo la llave. Era pequeña, de latón, con un número grabado apenas visible: el 4. No coincidía con ninguna puerta que ella supiera, con ningún casillero, con ningún candado que hubiera tenido en los ocho años que vivió ahí.

3 weeks ago
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La noche antes de mudarse, Valentina encontró la llave debajo de la heladera.

No era la llave del departamento —esa ya la había entregado por la tarde, todavía tibia entre los dedos cuando la posó sobre el mostrador de la inmobiliaria. Esta era más pequeña, de latón oscurecido, con una cinta roja desgastada que alguien había anudado en el ojo para no perderla.

La sostuvo bajo la única lamparilla que quedaba encendida en el living vacío. El piso de madera crujió cuando se desplazó hacia la ventana. Afuera, la calle de adoquines relucía después de la lluvia; los faroles anaranjados trazaban charcos que nadie pisaría antes del amanecer.

2 months ago
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A las once y cuarto, cuando ya no quedaba nadie en el lavadero de la calle Bolívar, Raquel encontró la llave.

Estaba en el fondo del tambor, entre una media suelta y la espuma que no terminaba de irse. La sacó sin pensar, la sostuvo bajo la luz tubo del local. Era pequeña, de latón, con una anilla de plástico verde descolorido. No era la llave de ningún candado importante; parecía más bien la de un cajón, de esos que guardan cosas que no se tiran pero tampoco se miran.

Esperó cuarenta minutos mientras su ropa centrifugaba. Nadie vino.

2 months ago
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Marta terminó de envolver el último plato cuando encontró el sobre. Estaba detrás del cajón del fondo, pegado con humedad a la madera, como si llevara años esperando que alguien vaciara ese mueble por fin.

No había remitente. Sólo su nombre, escrito con una caligrafía que reconoció antes de terminar de abrir: apretada, con las eles largas, inclinada hacia la derecha como si el texto quisiera escaparse del papel.

Era tarde —casi las dos de la madrugada— y los departamentos del edificio estaban en silencio. En el piso de abajo, de vez en cuando, sonaba el agua en una cañería. El único mueble que quedaba era la silla en la que estaba sentada y, en el suelo, una lámpara sin pantalla que pintaba el techo de amarillo pálido.

3 months ago
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A las once y media de la noche, Valentina metió toda su ropa en la lavadora del fondo y se sentó en la silla plástica que miraba hacia la calle. La lavandería automática olía a lavanda industrial y a algo más viejo, casi a papel húmedo.

Era su última noche en el barrio. Al día siguiente vendrían los de la mudanza.

Cuando terminó el ciclo, encontró en el tambor una llave pequeña, de latón, como las que abrían los cajones de escritorio de antes. No era suya. La puso sobre la máquina y esperó, aunque no sabía bien a quién esperaba. Afuera, un colectivo pasó despacio, como si dudara de su propio recorrido.

3 months ago
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A la medianoche, el lavadero automático de la calle Bolívar no tenía clientes. Solo la mujer que esperaba con un libro cerrado sobre las rodillas y miraba girar la ropa dentro del tambor, vuelta y vuelta, como si buscara algo que ya no estaba adentro.

Encontró la llave cuando sacó las sábanas de la máquina. Era pequeña, de latón oscuro, con una etiqueta de cartón atada con un hilo que decía 12. La dejó sobre el mostrador de plástico amarillo, al lado de los jabones en polvo y de una revista vieja con la tapa doblada hacia atrás.

La encargada llegó a las doce y cuarto con olor a café frío. Miró la llave sin tocarla.

4 months ago
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A las once de la noche, el lavadero de la avenida estaba vacío salvo por ella y una máquina que giraba con un ruido sordo y constante.

Sacó la ropa del bolso de tela y fue metiendo prendas una por una: el pantalón gris, dos remeras, las medias enrolladas. Al llegar al abrigo largo —el que no había usado desde el invierno pasado— sintió algo duro en el bolsillo derecho. Una llave.

La sostuvo bajo la luz fluorescente del techo. Era pequeña, de latón con la punta gastada, del tipo que abre puertas de edificios viejos con zaguán y mosaico en el piso. No era de su casa. No era de ninguna puerta que pudiera ubicar con certeza.

4 months ago
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La mujer del 4B dejó la puerta entreabierta cuando se fue. Nadie lo notó hasta el miércoles.

Clara lo supo porque en ese edificio antiguo los ruidos viajan por los caños: el agua, los pasos, el peso de las cajas. Tres semanas antes había oído el arrastre de muebles a medianoche, el golpe sordo de algo que caía, después silencio. Lo que queda después de una mudanza es siempre más ruidoso que la mudanza misma.

Esa tarde Clara subió a devolver unas cartas que el cartero había dejado en el casillero equivocado. Tres sobres con el nombre de Marta Solís. Los leyó sin abrirlos, solo los apellidos en el remite: una tarjeta bancaria, algo del ministerio, una carta sin membrete con letra a mano. Subió los dos pisos por la escalera porque el ascensor no andaba desde enero.

5 months ago
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La luz de marzo cae diferente. Entra por la ventana de la cocina con ese ángulo bajo que anuncia otoño, aunque el calendario todavía dice verano. Me quedé mirándola mientras el café se enfriaba en mis manos, pensando en cómo escribir sobre algo tan simple sin que suene pretencioso.

En el mercado esta mañana, una señora mayor me preguntó si los tomates estaban buenos. "No lo sé," le dije, "pero huelen a tierra." Se rió y compró tres. Me di cuenta después de que no respondí su pregunta real. Ella quería saber si estaban maduros, dulces, firmes. Yo le hablé de su olor. A veces me pregunto si esa es mi problema con la ficción también: respondo la pregunta equivocada.

He estado escribiendo el mismo cuento durante tres semanas. Un hombre que espera un tren que nunca llega. Es obvio, demasiado obvio, pero no puedo dejarlo. Hoy borré la última escena otra vez. Antes terminaba con él caminando hacia el horizonte. Qué cliché. Ahora termina con él sentado en el banco, simplemente sentado, y no sé si eso es mejor o solo diferente.