Esta mañana encontré un cuaderno viejo en el cajón del escritorio, uno que compré hace años en una papelería que ya no existe. Las páginas amarillentas olían a tiempo detenido, y en la primera hoja había una frase que no recordaba haber escrito: "Las palabras que no escribes también cuentan historias".
Me quedé mirándola durante varios minutos. Afuera, el viento movía las ramas del árbol contra la ventana con un ritmo irregular, casi como una conversación truncada. Pensé en todos los relatos que dejé a medias, los personajes que abandoné en mitad de una escena, las líneas que borré antes de darles oportunidad de respirar.
Decidí hacer un experimento simple: escribir sin borrar durante veinte minutos. Nada de correcciones, nada de dudas. Solo dejar que las palabras cayeran como caen las hojas cuando nadie las observa. Al principio fue incómodo. Mi mano quería detenerse, volver atrás, tachar. Pero seguí.
Lo que apareció no fue brillante ni perfecto. Fue una historia pequeña sobre una mujer que colecciona silencios, que los guarda en frascos de vidrio como si fueran mermelada. Una imagen absurda, quizás, pero tenía algo. Algo que no había planeado, que surgió solo porque me permití no controlar cada palabra.
Mi vecina tocó la puerta a media tarde. "¿Tienes azúcar?" preguntó, y mientras le pasaba el tarro, noté que llevaba pintura seca en las uñas. Ella también crea cosas, solo que con colores en lugar de frases. Cuando se fue, me di cuenta de que esa pequeña interrupción era exactamente lo que necesitaba la historia: una grieta, un momento donde entra la vida sin pedir permiso.
Ahora, al final del día, vuelvo a mirar esa frase del cuaderno viejo. Tal vez tenía razón. Pero también es cierto lo contrario: las palabras que sí escribes, incluso las torpes, las que no brillan, también merecen existir. A veces el error es esperar la perfección antes de empezar.
Mañana seguiré con la mujer de los silencios. Quiero saber qué hace cuando los frascos se llenan.
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