La mañana llegó con esa luz pálida que se cuela entre las persianas como dedos indecisos. Me quedé un rato mirándola, sin levantarme, pensando en cómo describir ese color exacto: ni gris ni blanco, algo intermedio que solo existe en los márgenes del amanecer. Es el tipo de detalle que antes habría dejado pasar sin notarlo.
Bajé a hacer café y encontré la taza agrietada que siempre evito. Hoy la usé de todos modos. Hay algo honesto en las cosas rotas que siguen funcionando. Mientras esperaba que hirviera el agua, abrí el cuaderno en la página donde ayer abandoné un poema a medias. Releí las últimas líneas y sentí ese pellizco conocido: no era lo que quería decir, pero tampoco sabía todavía qué era.
Afuera, alguien arrastraba una silla por el pavimento. Un sonido áspero, insistente, que me hizo pensar en todas las veces que he forzado una metáfora hasta quebrarla. A veces la escritura es así: empujar algo que no quiere moverse, escuchar ese chirrido incómodo y decidir si vale la pena continuar o si es mejor dejarlo donde está.
Pasé la tarde reescribiendo. Cambié una palabra, luego otra, luego volví a la primera. Es un ejercicio diminuto pero necesario: probar qué pasa cuando digo "sombra" en lugar de "penumbra", cuando elijo "caer" sobre "descender". No siempre hay una respuesta correcta, solo la que resuena más cerca de lo que intuyo pero no puedo todavía nombrar.
Al atardecer salí a caminar. El cielo tenía ese tono naranja que parece prestado de otro lugar, de otra estación. Una mujer pasó con su perro y le dijo suavemente: "Ya casi llegamos." No sé por qué, pero me guardé esa frase. Quizás porque últimamente he sentido lo mismo con este poema: la sensación de que estoy cerca, de que solo faltan unos pasos más aunque no sepa cuántos.
De regreso, antes de cerrar el cuaderno, escribí una línea nueva. No sé si es mejor que las anteriores, pero tiene algo distinto: un peso, una gravedad que antes no estaba. Mañana volveré a ella. Mañana veré si resiste.
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