La taza se quebró esta mañana, justo cuando la dejaba sobre la mesa. No fue un golpe fuerte ni un descuido dramático—simplemente se rindió. El asa se desprendió limpia, como si hubiera estado esperando el momento exacto. Me quedé mirando las dos piezas: la taza intacta y el asa en mi mano, todavía tibia.
Era la que usaba mi abuela para el té. Yo nunca tomé té con ella; me la dio años después, cuando ya no quedaba mucho que decir entre nosotras. "Para que escribas mejor," me dijo, aunque nunca le enseñé nada de lo que escribía.
Pensé en pegarla. Hay un pegamento especial para cerámica, lo sé. Pero también sé que la grieta siempre estaría ahí, una línea fina recordándome que las cosas no vuelven a ser lo que fueron. Quizás ese sea el punto.
Guardé el asa en el cajón de los objetos sin propósito—el lugar donde viven las llaves que no abren nada, los botones sin camisa, las pequeñas derrotas que no queremos tirar. La taza la dejé en la encimera. Sin asa, es solo un recipiente. Útil todavía, pero diferente.
Esta tarde intenté escribir sobre otra cosa, pero las palabras volvían siempre a esa fractura limpia, a ese momento exacto en que algo decide que ha aguantado suficiente. No es traición, pensé. Es solo física.
Al final escribí tres páginas sobre una mujer que colecciona cosas rotas. No sé si es un cuento o solo un inventario. No sé si importa la diferencia.
La taza sigue en la encimera. Mañana decidiré qué hacer con ella. O pasado. O nunca.
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