A las once de la noche, el lavadero de la avenida estaba vacío salvo por ella y una máquina que giraba con un ruido sordo y constante.
Sacó la ropa del bolso de tela y fue metiendo prendas una por una: el pantalón gris, dos remeras, las medias enrolladas. Al llegar al abrigo largo —el que no había usado desde el invierno pasado— sintió algo duro en el bolsillo derecho. Una llave.
La sostuvo bajo la luz fluorescente del techo. Era pequeña, de latón con la punta gastada, del tipo que abre puertas de edificios viejos con zaguán y mosaico en el piso. No era de su casa. No era de ninguna puerta que pudiera ubicar con certeza.
La máquina empezó el ciclo de enjuague. El agua golpeó el vidrio redondo como lluvia adentro de un frasco.
Pensó en el departamento del cuarto piso sin ascensor, adonde vivió con Andrés durante tres años que ahora le parecían tres semanas. Él siempre perdía las llaves; ella guardaba la copia en su cartera como si supiera desde el principio que iba a necesitarla. Un día él se fue antes de que ella volviera del trabajo. Cuando llegó, encontró la puerta sin tranca y un silencio que olía a cigarrillo frío y a algo más que no supo nombrar entonces.
Tal vez era esa llave. Tal vez era otra.
La máquina se detuvo con un golpe seco. Ella acomodó la ropa húmeda en la secadora y guardó la llave en el bolsillo del pantalón que acababa de lavar, como si no quisiera quedarse con ella pero tampoco hubiera un lugar adonde llevarla.
Afuera llovía sobre los adoquines. Un colectivo pasó sin detenerse. Ella caminó hacia el otro lado apretando sin querer la llave entre los dedos, esa pequeña cosa de latón que parecía no abrir ya ninguna puerta del mundo.
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