Marta terminó de envolver el último plato cuando encontró el sobre. Estaba detrás del cajón del fondo, pegado con humedad a la madera, como si llevara años esperando que alguien vaciara ese mueble por fin.
No había remitente. Sólo su nombre, escrito con una caligrafía que reconoció antes de terminar de abrir: apretada, con las eles largas, inclinada hacia la derecha como si el texto quisiera escaparse del papel.
Era tarde —casi las dos de la madrugada— y los departamentos del edificio estaban en silencio. En el piso de abajo, de vez en cuando, sonaba el agua en una cañería. El único mueble que quedaba era la silla en la que estaba sentada y, en el suelo, una lámpara sin pantalla que pintaba el techo de amarillo pálido.
Leyó la carta sin apuro. Era corta. Hablaba de un domingo de lluvia, de una promesa de volver, de algo que no había podido explicarse en el momento oportuno. Había una pregunta al final, sin signo de interrogación, casi como si quien la escribía tampoco estuviera seguro de querer la respuesta: si llegás a leer esto, ya sabrás.
Marta dobló el sobre con cuidado y lo dejó sobre el cajón vacío.
No sabía la respuesta. O tal vez sí la sabía, y era exactamente eso lo que la obligaba a mudarse.
Apagó la lámpara. El cuarto quedó oscuro pero no completamente: entraba, por la ventana que había olvidado cerrar, el olor a tierra mojada y el ruido lejano de un colectivo que doblaba en la esquina. El primero o el último de la noche; no había manera de saberlo.
Recogió el sobre del cajón. Lo guardó en el bolsillo del abrigo, junto con las llaves del departamento que ya no iba a usar.
Salió sin mirar atrás.
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