A las once de la noche, Valentina arrastró la última caja hasta el rellano y volvió a entrar. La habitación estaba vacía excepto por una mancha en la pared donde había colgado el espejo durante seis años.
Caminó despacio hasta la ventana. Desde ahí se veía el mismo techo de chapa del edificio de enfrente, igual que siempre. Parecía mentira que eso no fuera a cambiar.
En el bolsillo del abrigo encontró algo: una llave que no era de ese departamento ni del que iba a ocupar mañana. No recordaba haberla guardado. Era pequeña, de latón oscuro, con una etiqueta de papel que alguien había escrito y borrado hasta que no quedaba nada.
La había encontrado en la escalera el primer mes que vivió allí. La dejó sobre el umbral esperando que alguien la reclamara. Nadie lo hizo. Y un día, sin pensarlo, la metió en el cajón del escritorio. Después en una caja. Después en el bolsillo del abrigo de invierno.
Apagó la última luz y se quedó un momento en el centro de la habitación. La oscuridad olía a polvo y a algo que tal vez era ella misma, o el tiempo, o las dos cosas juntas.
Salió. Cerró la puerta sin mirar atrás. Bajó los cuatro pisos con la caja apoyada en la cadera.
En la vereda, antes de doblar la esquina, sacó la llave otra vez. La sostuvo un instante bajo la luz amarilla del farol. Después la dejó caer en el hueco de una jardinera, entre la tierra y las raíces de algo que ya no florecía pero que seguía ahí.
Tal vez alguien la encontraría. Tal vez también la guardaría sin saber por qué.
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