A las once y cuarto, cuando ya no quedaba nadie en el lavadero de la calle Bolívar, Raquel encontró la llave.
Estaba en el fondo del tambor, entre una media suelta y la espuma que no terminaba de irse. La sacó sin pensar, la sostuvo bajo la luz tubo del local. Era pequeña, de latón, con una anilla de plástico verde descolorido. No era la llave de ningún candado importante; parecía más bien la de un cajón, de esos que guardan cosas que no se tiran pero tampoco se miran.
Esperó cuarenta minutos mientras su ropa centrifugaba. Nadie vino.
El encargado —un hombre con un repasador al hombro que pasaba el lampazo sin mirar— le dijo que la pusiera arriba del televisor, con las otras. Raquel miró el televisor. Había tres llaves más, distintas, cada una sobre un papelito doblado que decía encontrada.
—¿Alguien vuelve por ellas? —preguntó.
—A veces —dijo él, y siguió con el lampazo.
Se fue con la llave en el bolsillo del piloto. No supo bien por qué.
En casa, la puso sobre la mesa de luz antes de apagar la lámpara. La anilla verde brilló un segundo, como si recordara algo. Raquel pensó en el cajón que abría. En lo que guardaba adentro. En si la persona que la había perdido sabía todavía lo que tenía.
Durmió mal. A la mañana, la llave seguía ahí.
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