Encontró la llave en el hueco entre dos máquinas, a la una y cuarto de la madrugada, mientras esperaba que terminara el ciclo de centrifugado.
Era una llave antigua, de las de doble vuelta, con el metal oscurecido como si alguien la hubiera llevado mucho tiempo en el bolsillo. No tenía llavero. No tenía ninguna marca que la identificara. La sostuvo un momento bajo la luz de neón y pensó que tal vez era de un armario, o de una puerta que ya no existía.
Afuera, la avenida estaba desierta salvo por un camión de repartos que pasó sin detenerse, con las luces traseras parpadeando y un ruido de cadenas contra el asfalto. El lavadero olía a suavizante de limón y a algo debajo, más difícil de nombrar, parecido al otoño o a un sótano donde se guardan cosas.
Cuando la centrifugadora se detuvo con un golpe seco, puso la llave sobre la mesita de fórmica donde la gente deja las monedas y los restos de jabón. Dobló la ropa despacio, como si el orden fuera importante a esa hora, como si la precisión fuera una forma de seguir despierta.
En la puerta se dio vuelta. La llave seguía ahí, sobre el fórmica blanco. Pensó que debería esperar a que viniera alguien a buscarla. Pero no había nadie, y ya era tarde, y el frío entraba por debajo de la persiana metálica cada vez que el ventilador giraba. Se fue sin ella.
A la mañana siguiente, al buscar las llaves de su propio departamento, encontró entre ellas una que no reconoció. De doble vuelta. El metal oscuro y gastado. La sostuvo un momento antes de colgarla en el gancho junto a la puerta, donde colgaban también otras cosas que no sabía bien cómo habían llegado: una entrada de cine ya usada, un botón blanco, la dirección de alguien escrita en un papel doblado en cuatro. Las cosas que se quedan, aunque nadie las invite.
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