La noche antes de mudarse, Valentina encontró la llave debajo de la heladera.
No era la llave del departamento —esa ya la había entregado por la tarde, todavía tibia entre los dedos cuando la posó sobre el mostrador de la inmobiliaria. Esta era más pequeña, de latón oscurecido, con una cinta roja desgastada que alguien había anudado en el ojo para no perderla.
La sostuvo bajo la única lamparilla que quedaba encendida en el living vacío. El piso de madera crujió cuando se desplazó hacia la ventana. Afuera, la calle de adoquines relucía después de la lluvia; los faroles anaranjados trazaban charcos que nadie pisaría antes del amanecer.
No recordaba haber tenido esa llave nunca.
Pensó en los inquilinos anteriores. Una mujer mayor que, según la vecina del cuarto, había vivido allí durante veintitrés años y se había ido al norte con una hija. Antes, un estudiante de provincias. Antes, una familia. La cinta roja podía haber sido de cualquiera.
La metió en el bolsillo del tapado y se sentó en el suelo, de espaldas a la pared, en el lugar donde había estado el sofá. La impresión del polvo todavía marcaba el contorno: un rectángulo fiel, como una fotografía del tiempo que quedó.
Tal vez la llave abría algo que ya no existía. Un cajón tirado, una valija perdida, el candado de una bicicleta oxidada en algún sótano. Parecía que su función se hubiera evaporado antes que el objeto mismo. Así pasan algunas cosas, pensó. Sobreviven a su propio uso.
Cuando el primer colectivo del sábado pasó ruidoso por la calle, Valentina se levantó. Dejó la llave sobre el alféizar, junto al vidrio que siempre había tenido ese hilo de humedad en la esquina. Como si alguien, algún día, supiera para qué era.
Cerró la puerta sin mirar atrás.
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