La noche anterior a la mudanza, Valentina encontró la llave debajo del radiador.
Era pequeña, de latón, con un número casi borrado en la cabeza: el 7 o tal vez el 1. No era ninguna de las llaves que ella conocía —ni la del portón, ni la del cuartito del fondo, ni la que alguna vez perteneció al buzón de un departamento anterior. La sostuvo en la palma abierta bajo la luz del velador —el único objeto que quedaba en el cuarto— y no supo qué puerta había guardado, ni por cuánto tiempo había esperado allí, quieta y sin destino.
Afuera llovía despacio. El olor a tierra mojada entraba por la ventana que ella había dejado entreabierta para que se fuera el calor acumulado de tantos años. Desde el edificio de enfrente llegaba el ruido sordo de un televisor. Valentina pensó que tal vez siempre había estado ahí ese sonido y ella nunca lo había oído.
Durmió en el suelo, sobre la bolsa de dormir que usaban para el campo. A las cuatro de la madrugada se despertó sin razón y escuchó el ruido de una persiana que alguien cerraba en el piso de arriba. Parecía una señal, aunque ella no hubiera podido decir de qué.
Al amanecer llegaron los hombres con el camión. Ella ya había dejado las llaves colgadas en el gancho detrás de la puerta: las del portón, las del buzón, la del cuartito del fondo. La llave de latón la guardó en el bolsillo del saco sin saber bien por qué.
—¿Está lista? —le preguntó el más joven.
—Sí —dijo ella.
Pero en el umbral se dio vuelta una vez más. El cuarto vacío tenía una luz que no había visto nunca, o que sí había visto y nunca recordado. El farol de la calle se apagó justo entonces, como si hubiera estado esperando ese momento para irse también.
En el colectivo, mientras la ciudad se reorganizaba lentamente en otra cosa, Valentina sacó la llave del bolsillo y la miró. El número era un 7. O un 1. Tal vez ninguna de las dos. La apretó en la mano un momento y después la dejó caer, sin querer, entre el asiento y la ventana.
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