A medianoche el lavadero automático huele a detergente y a piso recién trapeado. Valeria mete la ropa en la máquina del fondo porque es la más silenciosa, la que no vibra contra la pared durante el centrifugado.
Encuentra la llave sobre la tapa: pequeña, de bronce, con una etiqueta de cartón atada con hilo que dice 14 en lápiz. No hay nadie más en el local. Las otras máquinas giran solas, ajenas a la hora y al frío que se cuela cada vez que alguien pasa por la vereda sin entrar.
Valeria deja la llave donde está. Se sienta en la silla plástica de la entrada y saca el libro que lleva tres semanas sin leer. Abre en cualquier página.
A la una y cuarto entra un hombre con el pelo mojado aunque afuera no llueve. Mira las máquinas una por una, despacio, como quien busca algo en las caras de personas que no conoce. Llega a la del fondo. Ve la llave. La contempla un instante y sigue mirando el tambor girar, la ropa dando vueltas en su propia lógica.
—¿Sabe cuánto falta? —le pregunta a Valeria sin darse vuelta del todo.
—Diez minutos, más o menos.
Él asiente. Espera parado cerca de la pared, los brazos cruzados, los ojos en algún punto entre las máquinas y el suelo. Cuando termina el ciclo, saca ropa de una bolsa que Valeria no había notado y la mete húmeda en la secadora. Echa monedas una a una. Se va sin apurarse, sin volver a mirar la llave.
La llave sigue sobre la tapa.
Valeria la guarda en el bolsillo del piloto antes de sacar su propia ropa. No sabe bien por qué lo hace. Tal vez porque el número 14 escrito en lápiz parecía una dirección más que un número, y ella llevaba meses viviendo como si estuviera de paso en su propia vida, esperando que alguien dijera ya podés quedarte.
Afuera, el colectivo de las dos frena un segundo y sigue. Valeria espera el de las dos y cuarto con las manos en los bolsillos.
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