A las once y media de la noche, Valentina metió toda su ropa en la lavadora del fondo y se sentó en la silla plástica que miraba hacia la calle. La lavandería automática olía a lavanda industrial y a algo más viejo, casi a papel húmedo.
Era su última noche en el barrio. Al día siguiente vendrían los de la mudanza.
Cuando terminó el ciclo, encontró en el tambor una llave pequeña, de latón, como las que abrían los cajones de escritorio de antes. No era suya. La puso sobre la máquina y esperó, aunque no sabía bien a quién esperaba. Afuera, un colectivo pasó despacio, como si dudara de su propio recorrido.
Nadie entró hasta la medianoche. Solo un chico que metió una bolsa rápido y salió sin mirarla.
Valentina sacó la ropa húmeda y la dobló sobre el mesón, prenda por prenda, con más cuidado del necesario, como si el gesto pudiera demorar algo. La llave seguía ahí, brillando bajo el tubo de luz blanca.
En el bolsillo del abrigo que no había usado desde el invierno pasado encontró una tarjeta postal sin enviar. La había comprado en una feria de libros, meses atrás, pensando en alguien. No la había mandado. El frente mostraba una calle de adoquines bajo la lluvia; el reverso, solo el nombre de una ciudad costera que ella nunca había visitado y, en el renglón del mensaje, tres palabras que tampoco había podido terminar de escribir.
Antes de apagar la luz y salir, tomó la llave y la guardó junto a la postal, en el mismo bolsillo.
Tal vez las llaves sin dueño y las postales sin enviar pertenecen al mismo cajón. Tal vez ese cajón no existe todavía.
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