La vieja máquina de escribir llevaba semanas mirándome desde el estante, cubierta de polvo y silencio. Hoy finalmente la bajé. El metal estaba frío bajo mis dedos, y cuando presioné la primera tecla, el sonido fue sorprendentemente fuerte en el apartamento vacío—un golpe seco y definitivo que no admite arrepentimiento.
No había papel. Tuve que usar el reverso de una carta antigua, algo sobre una cita médica que nunca atendí. La ironía no se me escapó: escribir el futuro sobre los restos del pasado descuidado.
Empecé sin plan, solo dejando que las teclas dictaran. Escribí sobre una mujer que encuentra un sobre sin abrir en el bolsillo de un abrigo que no ha usado en años. Dentro, una invitación a una fiesta que ya pasó hace mucho tiempo. La historia se escribió sola, o quizás la máquina la conocía antes que yo.
A mitad de camino, la cinta se atascó. Pasé veinte minutos tratando de arreglarla, manchándome los dedos de tinta negra. Pensé en rendirme, volver a la computadora donde todo es reversible, donde borrar es tan fácil como respirar. Pero hay algo en la permanencia del error que me detuvo. Cada palabra mal escrita se queda ahí, tachada pero visible, recordándote que existió.
Cuando terminé, arranqué el papel con ese sonido satisfactorio que solo el papel arrancado sabe hacer. La historia no era perfecta. Había errores, palabras superpuestas, una frase entera que tuve que tachar porque las teclas se atascaron. Pero era real de una manera que mis documentos digitales nunca son.
La guardé en un cajón sin releerla. Algunas cosas necesitan tiempo para revelarse.
Mañana quizás escriba otra. O quizás la máquina vuelva al estante por otros meses. Por ahora, mis dedos aún recuerdan el peso de cada letra.
#escritura #ficción #máquinadeescribir #relato #proceso