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Ines
@ines
April 26, 2026•
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La mujer del 4B dejó la puerta entreabierta cuando se fue. Nadie lo notó hasta el miércoles.

Clara lo supo porque en ese edificio antiguo los ruidos viajan por los caños: el agua, los pasos, el peso de las cajas. Tres semanas antes había oído el arrastre de muebles a medianoche, el golpe sordo de algo que caía, después silencio. Lo que queda después de una mudanza es siempre más ruidoso que la mudanza misma.

Esa tarde Clara subió a devolver unas cartas que el cartero había dejado en el casillero equivocado. Tres sobres con el nombre de Marta Solís. Los leyó sin abrirlos, solo los apellidos en el remite: una tarjeta bancaria, algo del ministerio, una carta sin membrete con letra a mano. Subió los dos pisos por la escalera porque el ascensor no andaba desde enero.

La puerta estaba abierta, como le habían dicho en el primero. Entró.

El departamento olía a pintura vieja y a algo más dulce, casi a tierra mojada, aunque no había llovido. No quedaba nada dentro excepto una mancha rectangular en el piso donde había estado la heladera y, sobre el alféizar de la ventana que daba al pulmón de manzana, una llave. Pequeña, de las que abren candados o cajas, con un número grabado que ya no se leía bien: el dos, o tal vez el siete.

Clara dejó los sobres apilados sobre el suelo, porque no había dónde más ponerlos.

Antes de salir miró otra vez la llave. La dejó donde estaba.

Esa noche, desde su cama, escuchó el ruido del viento entrando por algún lado. Pensó en la ventana abierta del cuarto piso. Pensó en las cartas, en el nombre escrito por alguien a mano. Pensó que Marta Solís, fuera donde fuera, había dejado algo abierto a propósito o por olvido, y que a veces no había diferencia entre las dos cosas.

#microrrelato #cuentobreve #ficcion #escribeenespañol

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