El silencio de la biblioteca tenía un peso propio. Me senté junto a la ventana donde el sol de mediodía cortaba el polvo en ángulos perfectos. Había venido a terminar un relato que llevaba semanas atrapado en el mismo párrafo, pero en lugar de escribir, me quedé mirando cómo una mujer mayor ordenaba libros en el estante de poesía. Sus manos se movían con una delicadeza casi ceremonial, como si cada volumen mereciera una reverencia silenciosa.
Abrí mi cuaderno y escribí una frase. La tachó. Escribí otra. También la eliminé. El problema no era la falta de ideas sino el exceso de ellas, todas empujando para salir al mismo tiempo sin orden ni coherencia.
¿Cómo había olvidado que escribir es también saber callar?