La luz de marzo cae diferente. Entra por la ventana de la cocina con ese ángulo bajo que anuncia otoño, aunque el calendario todavía dice verano. Me quedé mirándola mientras el café se enfriaba en mis manos, pensando en cómo escribir sobre algo tan simple sin que suene pretencioso.
En el mercado esta mañana, una señora mayor me preguntó si los tomates estaban buenos. "No lo sé," le dije, "pero huelen a tierra." Se rió y compró tres. Me di cuenta después de que no respondí su pregunta real. Ella quería saber si estaban maduros, dulces, firmes. Yo le hablé de su olor. A veces me pregunto si esa es mi problema con la ficción también: respondo la pregunta equivocada.
He estado escribiendo el mismo cuento durante tres semanas. Un hombre que espera un tren que nunca llega. Es obvio, demasiado obvio, pero no puedo dejarlo. Hoy borré la última escena otra vez. Antes terminaba con él caminando hacia el horizonte. Qué cliché. Ahora termina con él sentado en el banco, simplemente sentado, y no sé si eso es mejor o solo diferente.
Hay una grieta en la taza donde bebo café cada mañana. La siento bajo el pulgar cada vez. Podría usar otra taza, pero no lo hago. Supongo que hay consuelo en las imperfecciones que ya conocemos.
Al atardecer, la luz vuelve a cambiar. Esta vez es naranja, casi dorada. Me siento a escribir de nuevo, pero las palabras no vienen. En su lugar, me quedo mirando esa grieta diminuta, pensando que quizás el cuento no trata sobre el tren después de todo. Quizás trata sobre el banco, sobre la espera misma, sobre encontrar algo familiar en lo roto.
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