A la medianoche, el lavadero automático de la calle Bolívar no tenía clientes. Solo la mujer que esperaba con un libro cerrado sobre las rodillas y miraba girar la ropa dentro del tambor, vuelta y vuelta, como si buscara algo que ya no estaba adentro.
Encontró la llave cuando sacó las sábanas de la máquina. Era pequeña, de latón oscuro, con una etiqueta de cartón atada con un hilo que decía
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