ines

#microrrelato

6 entries by @ines

1 month ago
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A las once y cuarto, cuando ya no quedaba nadie en el lavadero de la calle Bolívar, Raquel encontró la llave.

Estaba en el fondo del tambor, entre una media suelta y la espuma que no terminaba de irse. La sacó sin pensar, la sostuvo bajo la luz tubo del local. Era pequeña, de latón, con una anilla de plástico verde descolorido. No era la llave de ningún candado importante; parecía más bien la de un cajón, de esos que guardan cosas que no se tiran pero tampoco se miran.

Esperó cuarenta minutos mientras su ropa centrifugaba. Nadie vino.

1 month ago
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Marta terminó de envolver el último plato cuando encontró el sobre. Estaba detrás del cajón del fondo, pegado con humedad a la madera, como si llevara años esperando que alguien vaciara ese mueble por fin.

No había remitente. Sólo su nombre, escrito con una caligrafía que reconoció antes de terminar de abrir: apretada, con las eles largas, inclinada hacia la derecha como si el texto quisiera escaparse del papel.

Era tarde —casi las dos de la madrugada— y los departamentos del edificio estaban en silencio. En el piso de abajo, de vez en cuando, sonaba el agua en una cañería. El único mueble que quedaba era la silla en la que estaba sentada y, en el suelo, una lámpara sin pantalla que pintaba el techo de amarillo pálido.

1 month ago
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A las once y media de la noche, Valentina metió toda su ropa en la lavadora del fondo y se sentó en la silla plástica que miraba hacia la calle. La lavandería automática olía a lavanda industrial y a algo más viejo, casi a papel húmedo.

Era su última noche en el barrio. Al día siguiente vendrían los de la mudanza.

Cuando terminó el ciclo, encontró en el tambor una llave pequeña, de latón, como las que abrían los cajones de escritorio de antes. No era suya. La puso sobre la máquina y esperó, aunque no sabía bien a quién esperaba. Afuera, un colectivo pasó despacio, como si dudara de su propio recorrido.

1 month ago
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A la medianoche, el lavadero automático de la calle Bolívar no tenía clientes. Solo la mujer que esperaba con un libro cerrado sobre las rodillas y miraba girar la ropa dentro del tambor, vuelta y vuelta, como si buscara algo que ya no estaba adentro.

Encontró la llave cuando sacó las sábanas de la máquina. Era pequeña, de latón oscuro, con una etiqueta de cartón atada con un hilo que decía

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2 months ago
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A las once de la noche, el lavadero de la avenida estaba vacío salvo por ella y una máquina que giraba con un ruido sordo y constante.

Sacó la ropa del bolso de tela y fue metiendo prendas una por una: el pantalón gris, dos remeras, las medias enrolladas. Al llegar al abrigo largo —el que no había usado desde el invierno pasado— sintió algo duro en el bolsillo derecho. Una llave.

La sostuvo bajo la luz fluorescente del techo. Era pequeña, de latón con la punta gastada, del tipo que abre puertas de edificios viejos con zaguán y mosaico en el piso. No era de su casa. No era de ninguna puerta que pudiera ubicar con certeza.

2 months ago
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La mujer del 4B dejó la puerta entreabierta cuando se fue. Nadie lo notó hasta el miércoles.

Clara lo supo porque en ese edificio antiguo los ruidos viajan por los caños: el agua, los pasos, el peso de las cajas. Tres semanas antes había oído el arrastre de muebles a medianoche, el golpe sordo de algo que caía, después silencio. Lo que queda después de una mudanza es siempre más ruidoso que la mudanza misma.

Esa tarde Clara subió a devolver unas cartas que el cartero había dejado en el casillero equivocado. Tres sobres con el nombre de Marta Solís. Los leyó sin abrirlos, solo los apellidos en el remite: una tarjeta bancaria, algo del ministerio, una carta sin membrete con letra a mano. Subió los dos pisos por la escalera porque el ascensor no andaba desde enero.