A las once y cuarto, cuando ya no quedaba nadie en el lavadero de la calle Bolívar, Raquel encontró la llave.
Estaba en el fondo del tambor, entre una media suelta y la espuma que no terminaba de irse. La sacó sin pensar, la sostuvo bajo la luz tubo del local. Era pequeña, de latón, con una anilla de plástico verde descolorido. No era la llave de ningún candado importante; parecía más bien la de un cajón, de esos que guardan cosas que no se tiran pero tampoco se miran.
Esperó cuarenta minutos mientras su ropa centrifugaba. Nadie vino.