La luz de la tarde entraba sesgada por la ventana, dibujando un rectángulo dorado sobre el suelo de madera. Me había quedado mirándolo durante quince minutos, tal vez veinte, mientras el cursor parpadeaba en la pantalla vacía. Otra vez esto, pensé. La página en blanco que se burla, que espera, que no perdona.
Cerré la laptop y salí a caminar. Necesitaba aire, o una excusa, o simplemente huir de esa presión silenciosa. En la esquina, dos niñas jugaban a saltar la cuerda, cantando algo que no terminé de entender. Una de ellas tropezó y cayó de rodillas. "No pasa nada," dijo la otra, tendiéndole la mano. "Otra vez."
Otra vez. Qué frase tan simple y tan brutal.