La ventana del café estaba empañada cuando llegué esta mañana. Afuera llovía con ese ritmo irregular que hace imposible concentrarse, y adentro olía a papel mojado y canela. Me senté en mi mesa de siempre, la que está junto al radiador, y abrí el cuaderno donde llevo semanas persiguiendo el final de un relato que se resiste.
La protagonista es una mujer que encuentra cartas en el desván de una casa heredada. Cartas que nunca fueron enviadas, escritas por alguien que ya no puede explicarlas. Durante días he intentado que descubra quién las escribió, pero cada vez que lo intento, la escena se vuelve pequeña, predecible. Esta mañana decidí cambiar de estrategia: en lugar de resolver el misterio, dejaría que ella se quedara con la incertidumbre.
Un hombre en la mesa de al lado hablaba por teléfono. "No importa si no lo entiendes todo," dijo. "A veces es mejor así." No sé a quién le hablaba ni de qué, pero anoté la frase en el margen. Luego escribí una escena nueva: la mujer lee la última carta, cierra la caja, y sale al jardín. No busca respuestas. Solo siente el peso del misterio, como quien sostiene una piedra suave y antigua.
Cuando terminé, leí el párrafo en voz baja. Por primera vez en semanas, algo resonó. No era perfecto, pero tenía esa cualidad que busco: la sensación de que hay más debajo de las palabras, algo que el lector tiene que completar solo. Cerré el cuaderno mientras la lluvia seguía golpeando el cristal, y pensé que tal vez escribir no se trata de explicar, sino de dejar espacio para que otros habiten lo que creamos.
Guardé mis cosas y salí sin terminar el café. Afuera, el aire olía a tierra mojada y asfalto. Llevaba el cuaderno apretado contra el pecho, protegiendo las páginas de la lluvia, sintiendo que había encontrado algo sin buscarlo del todo.
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