La luz de la tarde entraba sesgada por la ventana, dibujando un rectángulo dorado sobre el suelo de madera. Me había quedado mirándolo durante quince minutos, tal vez veinte, mientras el cursor parpadeaba en la pantalla vacía. Otra vez esto, pensé. La página en blanco que se burla, que espera, que no perdona.
Cerré la laptop y salí a caminar. Necesitaba aire, o una excusa, o simplemente huir de esa presión silenciosa. En la esquina, dos niñas jugaban a saltar la cuerda, cantando algo que no terminé de entender. Una de ellas tropezó y cayó de rodillas. "No pasa nada," dijo la otra, tendiéndole la mano. "Otra vez."
Otra vez. Qué frase tan simple y tan brutal.
Volví a casa con esas palabras rebotando en la cabeza. Me senté de nuevo frente a la pantalla, pero esta vez no esperé a que llegara la inspiración perfecta. Escribí la primera frase que se me ocurrió, luego la segunda. Eran terribles, torpes, llenas de palabras que no encajaban. Las dejé ahí de todos modos. Seguí escribiendo.
A veces pienso que el arte no se trata de esperar el momento preciso, sino de aprender a caer de rodillas y levantarse una y otra vez. De escribir mal hasta que, sin darte cuenta, estás escribiendo algo que se parece a la verdad. Algo que respira.
Cuando levanté la vista, el rectángulo de luz ya había desaparecido. En su lugar, la oscuridad azul del anochecer. Pero en la pantalla había palabras, desordenadas y vivas, esperando a que volviera mañana a darles forma.
Otra vez.
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