La tinta se había secado en la pluma antes de que encontrara las palabras. Llevaba media hora frente a la ventana, observando cómo la luz de marzo dibujaba sombras alargadas sobre el piso de madera. Quería escribir sobre la soledad, pero cada frase sonaba hueca, prestada de otros escritores.
Dejé la pluma a un lado y salí a caminar. En la plaza, una mujer vendía flores desde un carrito oxidado. Me acerqué sin intención de comprar nada.
"¿Las rosas?", preguntó, sin mirarme realmente.