La luz de esta mañana tenía algo distinto. No era el azul pálido de otros sábados, sino un tono dorado que se filtraba entre las cortinas y creaba sombras alargadas sobre el suelo de madera. Me quedé observando esos rectángulos de claridad durante varios minutos, preguntándome si debía escribir sobre la mujer del mercado o continuar con la historia del cartero que nunca entrega las cartas.
Al final elegí ninguna de las dos. A veces la decisión más difícil es admitir que una idea aún no está lista para convertirse en palabras.
Salí a caminar sin rumbo fijo. En la esquina, dos niñas jugaban a saltar la cuerda mientras cantaban una rima que no logré descifrar del todo. "Que no se rompa, que no se rompa", repetían entre risas. Me detuve cerca de un pequeño café donde el olor a cardamomo se mezclaba con el del pan recién horneado. Pedí un café solo.
La camarera me preguntó: "¿Sin azúcar?"
"Sin azúcar", confirmé.
Bebí despacio, observando a la gente pasar. Un hombre llevaba un ramo de flores amarillas envueltas en papel periódico. Una mujer hablaba por teléfono con voz urgente, gesticulando con la mano libre. Un gato atigrado se estiraba bajo una mesa vecina, completamente ajeno al mundo humano que lo rodeaba.
Volví a casa con las manos vacías pero la mente llena. A veces escribir no es poner palabras en la página, sino recogerlas del aire, de las voces ajenas, de la luz que cambia de color según la hora. Guardé todo lo que vi en algún rincón de la memoria, sabiendo que tarde o temprano encontrará su lugar en una historia.
Por ahora, basta con haber estado presente. Basta con haber mirado.
#ficción #escritura #observación #sábado