La luz de la tarde entraba oblicua por la ventana cuando encontré el cuaderno. Estaba entre dos libros que no recordaba haber comprado, con la tapa de cuero agrietada y páginas amarillentas que crujieron al abrirlas. Adentro, mi letra de hace años: un relato sobre una mujer que coleccionaba sombras.
No recordaba haberlo escrito.
Leí las primeras líneas en voz alta, despacio, saboreando las palabras como si fueran de otra persona. "Ella guardaba las sombras en frascos de vidrio, etiquetados con la fecha y la hora exacta del día." Qué extraño leerme desde esta distancia. La historia hablaba de pérdida, pero de una forma que entonces no entendía del todo. Ahora, con los años, cada frase resonaba diferente.
Había un párrafo subrayado con lápiz: "Las sombras del atardecer eran las más difíciles de capturar, porque cambiaban mientras las perseguías." Al lado, una nota al margen que decía simplemente: "verdad".
Cerré el cuaderno y lo dejé sobre la mesa, junto a la taza de café que ya se había enfriado. Afuera, el sol seguía su descenso lento, pintando sombras largas sobre el suelo de madera. Pensé en terminar aquella historia que había abandonado, en darle un final que entonces no supe escribir. Pero quizás algunos relatos necesitan quedarse incompletos, suspendidos en el tiempo, como esas sombras del atardecer que nunca logramos atrapar del todo.
Me quedé mirando la luz que se iba, sabiendo que mañana volvería a escribir. No esa historia, sino otra. Una que todavía no conozco, pero que ya comienza a tomar forma en algún lugar del silencio.
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