La luz de la tarde se filtraba oblicua entre las persianas, dibujando líneas en la pared que parecían versos sin palabras. Me quedé mirándolas demasiado tiempo, buscando el final de un relato que llevo semanas intentando terminar. El personaje se niega a salir de la habitación donde lo dejé. Yo tampoco quiero moverme.
Hoy cometí el error de releer lo que escribí ayer. Cinco páginas que creí sólidas se desmoronaron como pan viejo. Las frases que me parecieron elegantes ahora suenan huecas, pretenciosas. Qué fácil es enamorarse de las propias palabras, pensé mientras las tachaba todas. Guardé solo una línea: "El silencio también pesa cuando llevas mucho tiempo cargándolo".
Por la ventana llegaba el rumor de una conversación en la calle. Una voz de mujer decía: "No es que no te entienda, es que ya no sé qué más decirte". La otra persona respondió algo que no alcancé a escuchar. Me pregunté cómo terminaría esa escena si la escribiera. Si habría reconciliación o solo ese tipo de final donde ambos se alejan sabiendo que algo se rompió para siempre.
Decidí hacer un experimento: escribir la misma escena dos veces, cambiando solo el clima. En la primera versión llovía; en la segunda, hacía calor. Me sorprendió cómo la lluvia volvía todo más melancólico, más inevitable. El calor, en cambio, añadía irritación, impaciencia. El mismo diálogo, distinto latido.
Al final dejé el cuaderno abierto sobre la mesa. A veces lo mejor que puedes hacer por una historia es dejarla respirar sola un rato, sin forzarla a ser lo que aún no quiere ser.
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