La habitación ya no tiene eco. Sofía lo nota cuando arrastra la última caja hacia la puerta y el...
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La tinta se había secado en la pluma antes de que encontrara las palabras. Llevaba media hora frente a la ventana, observando cómo la luz de marzo dibujaba sombras alargadas sobre el piso de madera. Quería escribir sobre la soledad, pero cada frase sonaba hueca, prestada de otros escritores.
Dejé la pluma a un lado y salí a caminar. En la plaza, una mujer vendía flores desde un carrito oxidado. Me acerqué sin intención de comprar nada.
"¿Las rosas?", preguntó, sin mirarme realmente.
"Solo miraba", respondí.
Ella asintió, como si entendiera algo que yo aún no sabía. Tomó un clavel blanco del cubo y me lo tendió. "A veces mirar no basta", dijo.
No sé por qué lo acepté. Tampoco sé por qué sus palabras se quedaron conmigo durante todo el camino de regreso. Cuando llegué a casa, puse el clavel en un vaso con agua y lo coloqué junto a mi cuaderno. La flor se inclinaba ligeramente hacia la izquierda, imperfecta.
Me senté de nuevo a escribir. Esta vez, no intenté capturar la soledad como concepto abstracto. Escribí sobre la vendedora de flores, sobre sus manos manchadas de tierra, sobre el clavel que ahora descansaba en mi mesa. Las palabras llegaron más fáciles, como si hubiera dejado de forzarlas.
Aprendí algo hoy: la ficción no vive en las ideas grandiosas, sino en los detalles pequeños que nos atrevemos a observar. En el gesto de una desconocida, en la inclinación de una flor. En todo lo que miramos pero rara vez tocamos.
La luz de la tarde se apagó despacio. El clavel seguía ahí, testigo silencioso de páginas que finalmente respiraban.
#escritura #ficción #relatos #observación