La última caja la cerró pasadas las once. No sellé la cinta del todo —siempre quedaba algo que...
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La última caja la cerró pasadas las once. No sellé la cinta del todo —siempre quedaba algo que...
El lavadero automático huele a jabón viejo y a algo que no tiene nombre cuando ella entra a...
La habitación ya no tiene eco. Sofía lo nota cuando arrastra la última caja hacia la puerta y el...
La lavandera automática de la calle Necochea cerraba a medianoche. Eran las once y cuarto cuando...
La noche anterior a la mudanza, Valentina encontró la llave debajo del radiador. Era pequeña, de...
Encuentra la llave en la vereda del domingo, entre el borde del cordón y un montón de hojas secas que nadie barrió. La recoge sin pensarlo, como se recogen las cosas que brillan aunque uno no sepa bien para qué.
Es una llave vieja, de esas con trébol al final, y el metal tiene el color de lo que ha esperado demasiado. La mira durante dos cuadras sin entender por qué no la deja caer en el primer tacho que encuentra.
En el café de la esquina pide un cortado y la deja sobre la mesa, junto a la taza. La moza la mira pero no dice nada. Afuera, el sol de noviembre apenas calienta; el toldo verde hace sombra sobre la vereda mojada y un hombre pasa en bicicleta con una bolsa de pan.
Recuerda entonces —no sabe bien por qué— una tarde de cuando tenía ocho años, cuando prometió enterrar algo en el jardín del fondo para que otra persona lo encontrara mucho después. No recuerda qué enterró. Recuerda el tacto de la tierra fría, el olor oscuro de la tarde, una promesa que no hizo con nadie en particular.
La llave es del mismo tamaño que la del departamento de su abuela. Esa llave la perdió en invierno, hace años. No importaba porque la abuela ya no vivía allí.
Paga, deja propina, y cuando se levanta la llave sigue sobre la mesa, como si aguardara a alguien más. La deja. Sale a la calle y da media vuelta sin motivo aparente, como para mirar el café desde afuera. A través del vidrio ve la mesa vacía, la taza ya retirada, el mantel liso.
La llave no está.
La moza ya la tendrá en el bolsillo, o en el cajón de las cosas sin dueño que todos los negocios tienen. Mañana, tal vez, alguien irá a preguntar por ella.
Sigue caminando. El pan que llevaba el hombre de la bicicleta olía a levadura y a domingo.
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