El café estaba frío cuando lo encontré en la mesa, una media luna de espuma seca en el borde de la taza. Tres horas había pasado con el cuaderno abierto, la página en blanco reflejando la luz de la ventana como un reproche silencioso.
Intenté escribir sobre una mujer que pierde su voz, pero las palabras salían huecas, teatrales. Borré todo. Volví a empezar. Esta vez, una niña que colecciona sombras. Peor aún. Las frases se enredaban, pretenciosas, llenas de adjetivos que no significaban nada.
Cerré el cuaderno y salí a caminar.
En la panadería de la esquina, una mujer mayor pedía pan. "El de siempre," dijo, y el panadero asintió sin preguntar. Me quedé observando ese momento: la economía de las palabras entre dos personas que se conocen de memoria. No necesitaban más. El silencio entre ellos estaba lleno.
Entonces lo entendí. Había estado tratando de llenar la página como si el vacío fuera un enemigo. Pero a veces el vacío es donde vive la historia. Los espacios entre las palabras, las pausas entre las respiraciones. Lo que no se dice pesa tanto como lo que se grita.
Regresé a casa. Abrí el cuaderno. Escribí una sola línea: Ella guardaba los silencios en una caja de zapatos. Nada más. Y por primera vez en semanas, sentí que había tocado algo verdadero.
Dejé la línea sola en la página. Mañana veré si crece.
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