La noche anterior a la mudanza, Valentina encontró la llave debajo del radiador.
Era pequeña, de latón, con un número casi borrado en la cabeza: el 7 o tal vez el 1. No era ninguna de las llaves que ella conocía —ni la del portón, ni la del cuartito del fondo, ni la que alguna vez perteneció al buzón de un departamento anterior. La sostuvo en la palma abierta bajo la luz del velador —el único objeto que quedaba en el cuarto— y no supo qué puerta había guardado, ni por cuánto tiempo había esperado allí, quieta y sin destino.
Afuera llovía despacio. El olor a tierra mojada entraba por la ventana que ella había dejado entreabierta para que se fuera el calor acumulado de tantos años. Desde el edificio de enfrente llegaba el ruido sordo de un televisor. Valentina pensó que tal vez siempre había estado ahí ese sonido y ella nunca lo había oído.