Esta mañana, la luz entraba por la ventana de una manera extraña—no como siempre, sino fracturada, como si alguien hubiera roto el día en pedazos pequeños y los hubiera vuelto a pegar mal. Me quedé mirándola un rato, buscando la razón. Tal vez eran las nubes, o tal vez era yo.
Intenté escribir el final de un relato que llevo semanas evitando. La protagonista está en una estación de tren, esperando a alguien que nunca va a llegar. Lo sé desde el principio, pero ella todavía no. Cada vez que me acerco a ese momento—cuando por fin comprende—me detengo. Borro frases. Abro otra ventana. Hago café que no necesito. Reviso mensajes que ya leí.
Hoy decidí que ella no necesita comprenderlo todo. Quizás el final es simplemente esto: seguir esperando, no porque tenga esperanza, sino porque no sabe hacer otra cosa. Escribí tres líneas y las dejé respirando en la página.
Afuera, escuché a dos vecinos discutir sobre un árbol que da sombra en el jardín de uno y raíces en el jardín del otro. "Es mi árbol," decía uno. "Son mis azulejos," respondía el otro. Me quedé escuchando más de lo que debería. Pensé en mi personaje, en esa estación vacía. Pensé en lo que poseemos y lo que nos posee, en las raíces que no elegimos pero que igual están ahí, levantando el suelo.
Más tarde, releí las tres líneas. No eran brillantes. No eran lo que imaginaba cuando empecé el relato hace un mes. Pero tenían algo—una quietud, tal vez. Una resignación que no era del todo triste.
No sé si el relato está terminado o si simplemente me rendí. Pero cuando cerré el documento, sentí algo parecido al alivio. Como cuando dejas de sostener algo pesado y tus brazos recuerdan cómo moverse.
La tarde ahora es silenciosa. El árbol sigue dando sombra y raíces. Mi personaje sigue esperando en esa estación. Y yo aquí, escribiendo sobre escribir, que es otra forma de esperar.
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