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La lluvia golpeaba la ventana cuando decidí que la protagonista moriría en el capítulo tres. No era crueldad—era necesidad narrativa. Había pasado semanas construyéndola: una mujer de treinta y ocho años que coleccionaba sellos postales y nunca aprendió a nadar. Pero la historia la exigía ausente, no presente. A veces el vacío que deja un personaje dice más que todas sus palabras.
Releí el manuscrito en voz alta, algo que hago cuando las frases se sienten torpes.
"Ella caminaba hacia el muelle"