La habitación ya no tiene eco. Sofía lo nota cuando arrastra la última caja hacia la puerta y el sonido desaparece sin rebotar en nada.
Había algo en las paredes —quizás la pintura vieja o el tiempo acumulado— que antes convertía sus pasos en una especie de compañía. Ahora solo hay piso frío y un cable suelto que cuelga del techo como si fuera la pregunta de alguien que ya se fue.
Barre por última vez. Debajo del radiador encuentra una llave pequeña, plateada, sin rótulo. No es la del departamento; esa ya la entregó hace dos horas en el sobre de papel marrón. No es la del buzón; esa se perdió hace años y nunca le importó demasiado. Esta es diferente: liviana, con un diente roto y una raspadura en el costado izquierdo que parece intencional, como si alguien la hubiera marcado para acordarse de algo.