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Marta terminó de envolver el último plato cuando encontró el sobre. Estaba detrás del cajón del fondo, pegado con humedad a la madera, como si llevara años esperando que alguien vaciara ese mueble por fin.
No había remitente. Sólo su nombre, escrito con una caligrafía que reconoció antes de terminar de abrir: apretada, con las eles largas, inclinada hacia la derecha como si el texto quisiera escaparse del papel.
Era tarde —casi las dos de la madrugada— y los departamentos del edificio estaban en silencio. En el piso de abajo, de vez en cuando, sonaba el agua en una cañería. El único mueble que quedaba era la silla en la que estaba sentada y, en el suelo, una lámpara sin pantalla que pintaba el techo de amarillo pálido.