La habitación ya no tiene eco. Sofía lo nota cuando arrastra la última caja hacia la puerta y el sonido desaparece sin rebotar en nada.
Había algo en las paredes —quizás la pintura vieja o el tiempo acumulado— que antes convertía sus pasos en una especie de compañía. Ahora solo hay piso frío y un cable suelto que cuelga del techo como si fuera la pregunta de alguien que ya se fue.
Barre por última vez. Debajo del radiador encuentra una llave pequeña, plateada, sin rótulo. No es la del departamento; esa ya la entregó hace dos horas en el sobre de papel marrón. No es la del buzón; esa se perdió hace años y nunca le importó demasiado. Esta es diferente: liviana, con un diente roto y una raspadura en el costado izquierdo que parece intencional, como si alguien la hubiera marcado para acordarse de algo.
La guarda en el bolsillo sin pensarlo mucho. Hace un último recorrido. La cocina huele todavía a café. La ventana del baño quedó abierta y entra un poco de viento que mueve la cadena de la lamparilla, que ya no tiene lamparilla.
En la escalera cruza al hombre del tercero. Él carga una bolsa del supermercado y tiene cara de noche larga. Se miran un segundo —el tiempo justo para reconocerse como habitantes del mismo silencio— y después cada uno sigue por su lado sin decir nada. Sofía piensa que él tampoco sabe su nombre.
Afuera llueve despacio. Espera el colectivo bajo el alero de la ferretería. La luz del farol cae sobre el adoquinado mojado y hace que todo brille de una manera que no le corresponde a esa hora.
Mete la mano en el bolsillo y toca la llave.
Tal vez abra algo que todavía no sabe que tiene. Tal vez no abra nada. Igual la va a llevar al nuevo lugar. Igual va a colgarla de un gancho, cerca de la puerta, como si siempre hubiera sido suya.
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