La mujer del 4B dejó la puerta entreabierta cuando se fue. Nadie lo notó hasta el miércoles.
Clara lo supo porque en ese edificio antiguo los ruidos viajan por los caños: el agua, los pasos, el peso de las cajas. Tres semanas antes había oído el arrastre de muebles a medianoche, el golpe sordo de algo que caía, después silencio. Lo que queda después de una mudanza es siempre más ruidoso que la mudanza misma.
Esa tarde Clara subió a devolver unas cartas que el cartero había dejado en el casillero equivocado. Tres sobres con el nombre de Marta Solís. Los leyó sin abrirlos, solo los apellidos en el remite: una tarjeta bancaria, algo del ministerio, una carta sin membrete con letra a mano. Subió los dos pisos por la escalera porque el ascensor no andaba desde enero.